El mirlo negro

mirlo negro

El hecho de ser un laúd cordobés del siglo IX y haber sido construido según las instrucciones del músico árabe Abul-Hasán Ali ben Nafi, alias “Ziryab”, me permite contar casi de primera mano esta historia. No habían transcurrido mis primeras horas de existencia, cuando me encontraba ya en los aposentos de Ziryab para que diera su visto bueno en cuanto a mi sonoridad y al resto de cualidades que él exigía para todo instrumento. Durante las semanas que el maestro me tañó personalmente, conocí por Aoud, su primer laúd de cinco cuerdas, las circunstancias que motivaron su llegada a Córdoba.

Todo comenzó años atrás, en una tranquila mañana en el palacio del sultán de Bagdad, en la que los discípulos del maestro de música ensayaban las piezas que amenizarían las siguientes veladas musicales. En esa época, la ciudad persa era muy próspera bajo el gobierno del califa Harun al-Rashid, considerado un príncipe ilustrado protector de las ciencias y de las artes, entre ellas la musical, puesto que tenía un gran protagonismo en las celebraciones de palacio.

Como decía, estaban los músicos del sultán practicando con los clásicos laúdes de cuatro cuerdas que tañían con púas de madera, cuando llegó muy acalorado el maestro de palacio, Ishac al-Maswili, preguntando por Ziryab para que lo acompañara inmediatamente ante el sultán. A pesar de las prisas, Ziryab tuvo tiempo de coger a Aoud, bien resguardado en todo momento de las miradas curiosas de sus compañeros. Ishac estaba tan nervioso esa mañana que no se percató de que uno de los dos laúdes que portaba su discípulo tenía cinco cuerdas.

Sin apenas tiempo para entrar en detalles y con el jadeo acelerado del rápido caminar, el maestro le explicaba al joven Zyriab que al-Rashid celebraba en breve la fiesta de sus próximos esponsales y quería organizar algo especial. Ishac al-Maswili, un gran maestro en la práctica y la enseñanza de la música, sabía que su posición en el palacio dependía de la capacidad que tuviese de sorprender y hacer sonreír a Harun al-Rashid. El músico principal del palacio tenía mucha intuición para conocer los gustos y necesidades culturales del califa e interpretaba a la perfección cada uno de los gestos de al-Rashid. Esta facultad de captar las emociones del sultán radicaba en su capacidad de controlar con el rabillo del ojo todo lo que ocurría a su alrededor al tiempo que se postraba solemnemente.

En una noche de bodas, la música debe alisar el lecho nupcial y el califa deseaba escuchar a un nuevo cantor durante la celebración. A Ishac le vino inmediatamente a la mente su alumno Ziryab, un joven músico alto y fuerte, de piel oscura, muy aplicado en el estudio y con muy buena voz. El sobrenombre de Abul-Hasán significaba “ave negra de canto melodioso” por lo que el vanidoso y celoso maestro pensó en su “mirlo negro” para la fiesta del califa.

Aoud, a pesar de ser un instrumento musical, estaba tan expectante y nervioso como Zyriab al llegar a las dependencias más lujosas del palacio. Sin embargo, desde su presentación y de una manera natural, Zyriab mostró ante el sultán sus buenos modales y agradable conversación y ahora era Ishac se frotaba las manos por la buena impresión que había causado su discípulo.

A al-Rashid le encantaba hablar con los músicos sobre el arte de componer e interpretar. La seguridad y pasión transmitidas por Ziryab no tardo en despertar su interés por cómo era el arte del súbdito. El músico le aseguró que sabía cantar como otros no lo hacían y que estaba seguro de que alguien tan inteligente y práctico como el sultán, lo apreciaría fácilmente. De nuevo, el semblante del maestro Ishac delataba una gran inquietud y la extraña manera con la que movía el cuerpo le impedía gobernar el particular modo de mirar de reojo.

Esta conversación agitó tanto la emoción del califa, que los preparativos para la celebración de la noche de bodas habían pasado a un segundo plano. Ziryab, haciendo gala de un soberbio aplomo, desestimó tocar con el laúd de Ishac, lo que sorprendió tanto al sultán como al maestro. El discípulo solicitó usar su instrumento de cinco cuerdas para ofrecer al sultán una música creada por él mismo y que antes nadie había escuchado.

Tras describir cada una de las cuerdas de Aoud, Ziryab explicó que tocaría con una pluma de ave en lugar de la clásica púa de madera. Tras la interpretación del “mirlo negro”, el califa quedó fascinado con la oda que éste compuso para él y reprendió a su maestro de palacio que no le hubiese hablado anteriormente del virtuoso artista. Ishac le confesó balbuceando que él también estaba impresionado por la invención y genio de su discípulo.

Más tarde, cuando Ishac estaba a solas con su alumno, le felicitó por su talento. Reconoció a Ziryab que era músico de primer nivel, pero que por haber agradado tanto al califa gozaría de su favor en detrimento suyo. Así que le invitó a aceptar una considerable suma de monedas y dejar para siempre Bagdad o lo mataría.

Zyriab no tuvo otra opción que coger su laúd de cinco cuerdas, aceptar el dinero y abandonar el palacio con sus mujeres e hijos. Ya en África, escribió a Alhakén I, sultán de la España Árabe, comunicándole el deseo de instalarse en su corte. Cuando llegó a la península, Abderrahman II había ya sucedido a su padre, pero como también era aficionado a la música, mantuvo la promesa de su progenitor y ofreció a Ziryab el entorno y el sueldo adecuados para que desarrollara su brillante carrera como músico de la corte.

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