El Valle de Ricote, conjetura y paradigma de un país imaginario

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Hay un famoso cuento del escritor norteamericano John Cheever titulado “The swimmer” (El nadador). En él se narra la hazaña íntima de un hombre que decide regresar a casa, no atravesando las calles previsibles del barrio en donde vive, sino a lo largo de un mágico itinerario conformado por las piscinas de los vecinos que trazan un nuevo camino, de parcela en parcela, visitando a su paso ese espacio íntimo de la propiedad privada, en un secreto recorrido hacia uno mismo, nadando los largos de las albercas multiformes, para caminar y zambullirse, zambullirse y caminar, en un híbrido trayecto de tierra y agua contenida… Algo parecido imaginé alguna vez, en un viaje análogo que comenzase en una balsa por el río Segura, atravesando el espectacular cañón de Almadenes, desde la perspectiva única del agua, pues sólo desde allí la naturaleza ha querido que lo contemplemos. Este es el pasadizo secreto que nos conduce al Valle de Ricote, quizá el paisaje cultural que mejor conserva el legado de una de las culturas más sabias y fascinantes de toda la cuenca del Mediterráneo: Al – Andalus, fecundo punto de encuentro entre oriente y occidente, cuna de reyes, místicos, poetas, guerreros, arquitectos, filósofos, astrónomos y matemáticos, que durante ocho siglos, del VIII al XV, se extendió desde el Magreb y España hasta parte de Francia e Italia.

En el año 831, se funda la ciudad de Mursiya (hoy Murcia) pero un siglo antes, en 702, el conde visigodo Tudmir (Teodomiro) comenzaba a gobernar un territorio que comprendía las actuales provincias de Murcia y Alicante y parte de las de Albacete, Jaén y Almería. Cuando Tariq ibn-Ziyad y su ejercito de berebéres entró en la Península Ibérica iniciándose la expansión de los árabes, Tudmir se negó a capitular haciéndose fuerte en Orihuela, capital de aquella extensa región. De este modo logró mantener su independencia durante quinientos años por medio de un pacto suscrito en los primeros días de abril de 713 por el que sólo se comprometía al pago de impuestos exigidos por la ley islámica. Así, entre los siglos VI y X, el Sureste de la Península Ibérica vivió una de sus épocas más esplendorosas, siendo reconocida históricamente en el ámbito geopolítico de “La Cura de Tudmir”, referente que ha marcado nuestra identidad como pueblo, evidenciando la homogeneidad cultural de una región que comprende, como ya he apuntado, parte de las actuales provincias de Alicante, Murcia, Albacete y Almería, lo que debería ser hoy, si reivindicáramos aquello que otros consideran “deuda histórica” y tuviéramos que apelar al siempre redefinible sentimiento nacionalista, la Comunidad Autónoma de Levante, aunque yo prefiero aquí evocar la memoria de Tudmiria, recordando aquellos versos del poeta persa Omar Khayyam:

El tiempo inexorable va fluyendo.
¿Qué ha sido de Bagdad y de Balk?
Un leve roce puede matar la rosa.
Bebe, y al mirar las estrellas, medita
en las culturas que se tragó el desierto.

Tras la decadencia del Califato omeya de Córdoba en el siglo XI, se funda como dijimos el reino árabe de Murcia que hereda los territorios de Tudmir. La dinastía de los Almorávides se extiende entonces por las taifas. Hasta la Reconquista iniciada por Fernando III el Santo y culminada por Jaime I, pasando el reino de Murcia a la corona de Aragón, Valencia y finalmente Castilla, integrándose, en el siglo XV, a la unidad de España con los Reyes Católicos…Pero antes de la definitiva victoria cristiana sobre el Islam, una levantamiento nacionalista anti-almohade, surgió desde El Valle de Ricote, liderado por Ibn Hud, quien proclamándose emir, inició una serie de conquistas que le llevaron a ganar primero Murcia y luego casi todo el territorio de Al-Andalus. Ello supuso la última gran oportunidad de unificar la España musulmana, pero el asesinato de Ibn Hud en 1238, diez años después de su levantamiento en Ricote, supuso la rápida desintegración del poderoso reino que todavía conservaba.

Sería también posible, en un sano ejercicio de erudición especulativa, buscar nuestros signos de identidad aún más lejos en el tiempo, en los territorios que conformaron el extremo meridional de la antigua provincia Carthaginiensis. Y ello nos llevaría de nuevo a África, y al imperio de Cartago que renació a este otro lado de Mediterráneo sobre la antigua colonia fenicia que los griegos apodaron Mastia, la nueva Cartago, Cartagonova, Cartagena. De allí partió Anibal a la Conquista de Roma, atravesando los Alpes con su ejército a lomos de elefantes. Su padre, el general Almircar Barca, fundaría no tan lejos una ciudad a la que dio nombre, la actual Barcelona, cuna del catalanismo que estos días, en noviembre de 2005, negocia con el Estado español sus derechos de identidad. ¿Deberíamos los cartageneros, tudmirios o murcianos, reivindicar Barcelona como parte de nuestro legado? Otros nos recordarán sin embargo que Murcia fue repoblada en el siglo XIII por catalanes y aragoneses, así que ellos también podrían reivindicarnos a nosotros. Quizá por ello no resulte tan sorprendente que en el murciano pueblo de Ojós, el partido más votado haya resultado a veces “Convergencia i Unió” y que quienes hoy se oponen a donarnos el agua del Ebro sean los mismo hijos de aquellos aragoneses que en el pasado nos trajeron el tribal ritmo de la jota, el habla diminutiva o los buñuelianos tambores de Semana Santa que hermanan los pueblos de Calanda y Mula… Dando un nuevo salto en el tiempo, y obviando la Prehistoria y la ilustre herencia romana que nos legó el idioma, la religión y el destino cuestionable de Europa, me remontaré a apenas siglo y medio, cuando en 1873 la ciudad de Cartagena proclamó su independencia de España con esa romántica revolución cantonal que aunque efímera, logró lo que algunos vascos reclaman hoy por medio del terror o de la política… ¿Qué se entiende entonces por “deuda histórica” o dicho de otra manera, ¿desde cuando y en qué perspectiva consideramos la historia para reivindicar nuestras fronteras, no sólo físicas o políticas sino también espirituales? No soy yo quien deba contestar a esta pregunta. Pero la sombra de Tudmiria, mi país imaginario, se proyecta hoy sobre las conciencias de todos los murcianos ignorantes que permiten, por activa o por pasiva, el genocidio cultural de esta tierra milenaria.

Han pasado apenas cinco siglos de la expulsión de los últimos herederos directos de aquella extraordinaria civilización de Al-Andalus de la que somos hijos. Y fueron precisamente los pobladores del Valle de Ricote; definido por la Historia como el último enclave morisco de Occidente. Menos tiempo ha pasado del tiempo que ellos poblaron España. Y ostentamos con orgullo su legado, con castillos, medinas, norias, o la sabiduría de Ibn Sa’bín o al-Ricotí. Pero quizá el Valle de Ricote suponga al mismo tiempo paradigma y paradoja de ese trascendental legado… El viejo Thader, hoy sediento río Segura, recorre en su vega media, desde las ruinas de Medina Siyasa, siete municipios: Cieza, Abarán, Blanca, Ojós, Villanueva, Ulea y Archena, junto a un pueblo más elevado, que da nombre al valle, el de Ricote, protegido por montañas áridas que custodian un increíble oasis de huertas milenarias. Éstas bordean el cauce del agua, dando vida y color a una arteria de sangre transparente que se bifurca y se bifurca en generosas venas artificiales por obra y milagro de las Acequias, el sistema de ingeniería hidráulica más ingenioso y admirable de cuantos ha ideado el hombre a lo largo de la Historia. Volviendo al comienzo de mi plática, una vez soñé un extraño viaje, recorriendo el Valle desde río, para luego perderme en un verde laberinto siguiendo el rastro de esos vasos comunicantes que siglo a siglo, han atravesado las huertas de cultivos diversos, de tahulla en tahulla, de acequia en acequia, como el protagonista de ese relato al que aludía al principio, donde el agua se convierte en la metáfora de un regreso. Todo el mundo que visita el Valle de Ricote, los que vienen de fuera, se maravillan de ese perfecto equilibrio entre paisaje y cultura, entre la montaña árida y la ribera fértil: el gran oasis, no como espejismo del sediento sino como el milagro cotidiano de un pueblo que ha hecho fecundo el desierto. Este es el regalo del agua en cuyo espejo deberíamos reflejarnos, buscando las raíces profundas de lo que fuimos, de lo que somos o de lo que queremos ser, sin miedo al cauce de Heráclito que nos recuerda el fluir irreversible del tiempo, pero con la esperanza de que el caudal no deje nunca de devolvernos la imagen de nosotros mismos… El síndrome de Stendhal se define como el malestar que se siente ante el resplandor de la belleza excesiva. Eso le ocurrió al escritor francés por primera vez al contemplar la maravilla arquitectónica de la Iglesia de la Santa Croce en Florencia. Yo quiero definir aquí un nuevo fenómeno: el de la indiferencia y ceguera que se siente ante la belleza del entorno en el que uno ha nacido y vive: El síndrome de Ricote. Sólo de este modo puedo explicarme la sinrazón de algunas actuaciones que atentan contra este prodigioso paisaje, sembrando de estériles ladrillos la tierra fértil, en la región de Europa donde más avanza el desierto. Ya no es la sequía lo que acaba con nuestras cosechas sino un cáncer llamado cemento que se extiende con la vorágine de una especulativa metástasis; el vellocino de oro de un falso progreso que enriquece el bolsillo de unos pocos y arrebata el alma de los pueblos, pues hay quien, ingenuamente, está vendiendo su huerta al diablo. Hay una actitud derrotista en nuestra alma que quizá pueda explicar la desidia que a veces guía nuestros peores hábitos, una forma del espíritu murciano que brota del desasosiego, del cruce de caminos, del mestizaje, del alma fronteriza, de la lucha constante entre extremos raramente conciliables y por qué no, también de la ignorancia, de la falta de identidad: desierto y agua, aridez y vergel, sequía y aluvión, tradición y especulación… No existe término medio. De ese sopor espiritual nace quizá “La Cansera”, sentimiento que en los versos del valricotí Vicente Medina alcanzan una dimensión casi épica:

¿Pa qué quiés que vaya? Pa ver cuatro espigas
arroyás y pegás a la tierra;
pa ver los sarmientos rüines y mustios
y esnüas las cepas,
sin un grano d’uva,
ni tampoco siquiá sombra de ella…

Existen sin embargo otras pulsiones antípodas que definen este complejo talante difícil de abarcar. “Murcianos de dinamita, frutalmente derramada” en palabras de otro poeta tudmirio, nacido en Orihuela, Miguel Hernández. Hay algo de excesivo, barroco y a veces también jovial en nuestro carácter mediterráneo y extremo: Aquí la luz es mas intensa que en cualquier otra parte, como en los paisajes de Pedro Cano, donde los colores se queman y se diluyen cuando el Sol alcanza el ápice de su verticalidad más absoluta. “¡La verticalidad!” . Esta es, en palabras de Salvador Dalí, la dimensión profunda y metafórica que más nos define. No en vano, el malogrado arquitecto Emilio Pérez Piñero, nacido en Calasparra, coronó el Teatro-Museo Dalí de Figueras, con su ya universal cúpula geodésica, una de las estructuras más geniales de la arquitectura del siglo XX. En la Historia de la Verticalidad hay otros dos grandes inventos murcianos: el submarino de Isaac Peral y el autogiro de Juan de la Cierva. Vertical es el lamento del minero que se escucha desde los pozos sin fondo del flamenco. Vertical es el agua que asciende desde las profundidades de esta tierra y brota en las termas de Mula, Archena y Fortuna. Vertical es la palabra del místico Ibn-Arabí que nos eleva hacia la divinidad con su figura, hoy reconocida como una de las más importantes en la Historia de las Religiones… Palmeras verticales que se esparcen en lo alto, como los quince mil cohetes que año tras año, por las fiestas de San Agustín, se lanzan con vehemencia desde el corazón del valle, en Ojós, desafiando la noche, iluminando el cielo con el fulgor del trueno y del relámpago, para ver un alba efímera sobre las huertas del Valle de Ricote y fijar para siempre su estampa en nuestras retinas; una imagen frágil e intermitente que bien define este amenazado patrimonio, El Valle de Ricote, último reducto murciano, y soñado Patrimonio de la Humanidad.

En Villanueva del Río Segura, a 27 de noviembre de 2005

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